Crònica de la 1a etapa del Camí de Sant Jaume

Els 29 caminants a les escales de la catedral e TarragonaNo us perdeu la crònica que ens ha enviat la Maria Jesús del passat 18 de gener en que vàrem completar la 1a etapa del "Camí de Sant Jaume", GR 65.5, des de Tarragona a la Selva del Camp.

Crónica del Camino de Santiago.
Primera etapa Tarragona- La Selva del Camp

Aquella mañana del 18 de Enero del 2004 del año de nuestro Señor y ante un grupo de mercaderes que estaban postrados a los pies de la majestuosa catedral de la Tarraco imperial... (segueix)

El grupo que iniciábamos la terrible singladura del Camino de Santiago, nos reuníamos esperando la ansiada bendición del peregrino que nos protegería durante el viaje. El vocerío ensordecedor de la muchedumbre y de... “¡tengo chapas viejas,... vendo discos usados,... trastos viejos,...!” impidió que monseñor Combalía nos diera la bendición. Así, desnudos espiritualmente y como pudimos, nos abrimos paso entre el gentío y nos dirigimos hacia nuestro primer destino: La Selva.

Recuerdo que aquella mañana seguí el ritual, me levanté, preparé las viandas que nos servirían para poder desafiar mejor el camino y las introduje en la escarcela, preparé la calabaza llena de agua para calmar mi sed, me puse el sayal hasta media pierna y la esclavina, las sandalias de piel, me coloqué el sombrero de ala ancha, cogí el bordón y me dispuse a subir al carro que me llevaría hasta Tarraco.

Un viento implacable y frío azotaba mi cara. El día anterior una gitana había predicho que tendríamos viento de frente que nos dificultaría la marcha. Pero eso no era motivo para abandonar la aventura de caminar por los campos desafiando a las bestias y animales peligrosos que por ellos habitan, afrontando la posibilidad de que nos saliera al paso algún bandolero que nos despojara de los pocos bienes que durante la travesía llevábamos.

Una vez llegamos a Tarraco tuvimos dificultades para dejar los carros en un lugar adecuado, los mercaderes lo ocupaban todo. Por fin, sin carros y con la escarcela en la espalda me dirigí a la plaza de la catedral donde esperaba encontrar a mis compañeros de viaje. Reconozco que me sentía contenta por comenzar la aventura y también preocupada por conocer las desventuras que nos esperaban durante la marcha.

Por fin a las 9’30 horas, todos unidos en cuerpo y espíritu salimos camino de La Selva dispuestos a afrontar el reto con valentía.

La Tarraco romana nos despedía, sus calles de adoquines, sus casas de piedra, sus gentes,... nos miraban extrañados, no sé si por el aspecto, poco habitual, que teníamos o por el desafío que habíamos adquirido. Lo cierto es que en pocos minutos la ciudad se perdió a nuestras espaldas. Estábamos solos. El camino y nosotros.

A nuestra derecha el río Francolí nos acompañaría con su rumor una parte de la andadura y a la izquierda una calzada romana muy transitada por carros que se dirigían a Constantí-nopla una villa romana muy importante en la comarca.

La marcha inicial fue muy cómoda, casi un paseo por aquella senda. Apenas nos cruzamos con gentes que iban en sentido contrario y que nos saludaban extrañados de ver un grupo tan numeroso caminando por aquellos parajes solitarios. Vimos a lo lejos el Pont del Diable que parecía desearnos un buen camino y darnos la bendición que monseñor Combalía no había podido darnos a pesar del interés mostrado.

El sol nos daba en la cara con fuerza, pero no con tanta fuerza como nos azotaba el viento que nos hacía inclinarnos humillados ante él, Fue el bordón el que nos ayudó a caminar con más fuerza.

Llegados a las puertas de Constanti-nopla hicimos una parada para ingerir las viandas que llevábamos en la escarcela. Allí en medio de la nada, debajo de unos árboles que nos ofrecieron generosos sus sombras, los intrépidos aventureros nos dispusimos a comer los manjares que llevábamos y que nos harían afrontar la segunda parte del camino con más energía.

Estando tranquilamente degustando las exquisiteces que portábamos, y sin que nadie se percatara de su presencia, sufrimos una emboscada terrible; unos vándalos vestidos con pieles de cordero nos atacaron por la espalda. Eran un número muy superior a nosotros y tuvimos que usar la estrategia de salir corriendo dando gracias al Santo (Santiago) de que no sufriéramos baja alguna entre los nuestros.

Exhaustos, por el cansancio de tanto luchar y tanto correr, llegamos a la ciudad de Constanti-nopla donde los pobladores nos vieron cansados y sucios, y nos ofrecieron la posibilidad de entrar en un recinto donde por un módico precio nos servirían un poco de pan y vino, y así pudimos descansar unos minutos antes de continuar la andadura. Aprovechamos la parada para poner al día los salvoconductos que con la premura de la salida no habíamos podido rellenar, así que maese Pepelus, noble caballero que nos guía sin perdida por los caminos, nos proporcionó las credenciales, así podremos demostrar cuando lleguemos a Santiago que nuestro origen es Tarraco la Imperial.

Se hacía tarde, habíamos perdido mucho tiempo con la emboscada y debíamos llegar a La selva antes de que se pusiera el sol y corriéramos el riesgo de ser atacados por bestias que acechaban en la oscuridad. Así que nos colocamos nuevamente las escarcelas y a un ritmo mucho mayor que el llevado hasta ahora, nos dispusimos a llegar a nuestro destino.

No fue necesario esperar a la noche para que fuéramos agredidos por una jauría de lobos-perrunus hambrientos que se abalanzaron sobre nosotros. Gracias a maese Pepelus, Laureanus, y José Maríus que nos defendieron valientemente arriesgando sus vidas, todo quedó en un susto.

Era preciso llegar a La Selva, el hambre, el cansancio, se apoderaba del grupo, pronto comenzaron las habladurías entre los valerosos caminantes: “¡queda mucho para llegar!, ¡vaya rollo de camino! ¿no paramos para comer?” comentarios que iban minando los ánimos del grupo. De pronto a lo lejos advertimos lo que parecía ser la Ermita de Sant Petrus de la Selva. “¡es la ermita de Sant Petrus! Dijo alguien. Todos levantamos la mirada hacia el horizonte. Si era Sant Petrus. El grupo pareció sacar fuerzas de flaqueza y los pasos se hicieron más ligeros y armoniosos. Todos deseábamos llegar lo antes posible y descansar.

Poco antes de llegar tuvimos que cruzar la peligrosa calzada romana que va de Reos a Llerda y la vía ferrata que pasa por la Selva. ¡Por fin habíamos llegado! Ni los bandoleros, ni los lobos habían podido con nosotros, estábamos firmes en nuestro propósito de llegar poco a poco a Santiago y así lo haremos si el Santo no lo remedia.

A las 14’30 horas llegamos a La Selva del Camp, con dolor en las piernas, cansados, con hambre, sudados,... pero con ganas de volver a caminar otra vez.

¡Buen camino a todos!

Ultreia